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"No poseemos más que una virtud: comenzar cada día la vida

-delante de la tierra, bajo un cielo que calla-"



-Cesare Pavese-




La Luz Amarilla

Retrato de Blaise Cendrars por Amedeo Modigliani 1917

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"Porque todavía soy un poeta muy malo

Porque el universo me desborda
Porque no me preocupé por asegurarme contra los accidentes de tren

Porque no sé ir hasta el fondo de las cosas
y tengo miedo.
Tengo miedo
No sé ir hasta el fondo de las cosas."



-Blaise Cendrars-


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A CERCA DE BLAISE CENDRARS

Prosa du Transiberién et de la petite Jehanne de France

Prosa du Transiberién et de la petite Jehanne de France
He descifrado todos los textos confusos de las ruedas y reunido los elementos dispersos de una violenta belleza Que poseo y que me acosa ///J'ai déchiffré tous les textes confus des roues et j'ai rassemblé les éléments épars d'une violente beauté Que je possède Et qui me force. -Prosa du Transiberién-
CIUDAD DE LA PINTURA Juana Juanita Ninita nita tetita ninón Mi chiquita mi cosita mi tesoro mi Perú Arroró gurrumina Pompón mi bombón Mi preferida corazoncito Nenita Querida gatita Mi lindo pecadito Chuchita Cucú Se durmió///Jeanne Jeannette Ninette Nini ninon nichon Mimi mamour ma poupoule mon Pérou Dado dondon Carotte ma crotte Chouchou p'tit coeur Cocotte Chérie p'tite chèvre Mon p'tit péché mignon Concon Coucou Elle dort. -Prosa Del Transiberiano-

ITALO CALVINO, SEIS PROPUESTAS PARA EL PRÓXIMO MILENIO

ITALO CALVINO, SEIS PROPUESTAS PARA EL PRÓXIMO MILENIO
“¿Es legítimo extrapolar del discurso de las ciencias una imagen del mundo que corresponda a mis deseos? Si la operación que estoy intentando me atrae es porque siento que podría anudarse de nuevo a un hilo muy antiguo de la historia de la poesía”.

sábado, 28 de febrero de 2009

LUIS CERNUDA: DESOLACIÓN DE LA QUIMERA / LA GLORIA DEL POETA




LUIS CERNUDA







Vincent Van Gogh, Jardín del hospital de Arles




DESOLACIÓN DE LA QUIMERA






Todo el ardor del día, acumulado
En asfixiante vaho, el arenal despide.
Sobre el azul tan claro de la noche
Contrasta, como imposible gotear de un agua,
El helado fulgor de las estrellas,
Orgulloso cortejo junto a la nueva luna
Que, alta ya, desdeñosa ilumina
Restos de bestias en medio de un osario.
En la distancia aúllan los chacales.

No hay agua, fronda, matorral ni césped.
En su lleno esplendor mira la luna
A la Quimera lamentable, piedra corroída
En su desierto. Como muñón, deshecha el ala;
Los pechos y las garras el tiempo ha mutilado;
Hueco de la nariz desvanecida y cabellera,
En un tiempo anillada, albergue son ahora
De las aves obscenas que se nutren
En la desolación, la muerte.
Cuando la luz lunar alcanza
A la Quimera, animarse parece en un sollozo,
Una queja que viene, no de la ruina,
De los siglos en ella enraizados, inmortales
Llorando el no poder morir, como mueren las formas
Que el hombre procreara. Morir es duro,
Mas no poder morir, si todo muere,
Es más duro quizá. La Quimera susurra hacia la luna
Y tan dulce es su voz que a la desolación alivia.

«Sin víctimas ni amantes. ¿Dónde fueron los hombres?
Ya no creen en mí, y los enigmas que yo les propusiera
Insolubles, como la Esfinge, mi rival y hermana,
Ya no les tientan. Lo divino subsiste,
Proteico y multiforme, aunque mueran los dioses.
Por eso vive en mí este afán que no pasa,
Aunque pasó mi forma, aunque ni sombra soy;
Afán que se concreta en ver rendido al hombre
Temeroso ante mí, ante mi tentador secreto indescifrable.

«Como animal domado por el látigo,
El hombre. Pero, qué hermoso; su fuerza y su hermosura,
Oh dioses, cuán cautivadoras. Delicia hay en el hombre;
Cuando el hombre es hermoso, en él cuánta delicia.
Siglos pasaron ya desde que desertara el hombre
De mí ya mis secretos desdeñoso olvidara.
Y bien que algunos pocos a mí acudan,
Los poetas, ningún encanto encuentro en ellos,
Cuando apenas les tienta mi secreto ni en ellos veo
[hermosura.

"Flacos o flácidos, sin cabellos, con lentes,
Desdentados. Esa es la parte física
En mi tardío servidor; y, semejante a ella,
Su caracter. Aún así, no muchos buscan mi secreto hoy,
Que en la mujer encuentran su personal triste Quimera.
Y bien está ese olvido, porque ante mí no acudan
Tras de cambiar pañales al infante
O enjuegarle la nariz, mientras meditan
Reproche o alabanza de algún crítico.

"¿Es que pueden creer en ser poetas
Si ya no tienen el poder, la locura
Para creer en mí y en mi secreto?
Mejor les va sillón en academia
Que aridez, la ruina y la muerte,
Recompensas que generosa di a mis víctimas,
Una vez ya tomada posesión de sus almas,
Cuando el hombre y el poeta preferían
Un miraje cruel a certeza burguesa.
«Bien otros fueron para mí los tiempos
Cuando feliz, ligera, hollaba el laberinto
Donde a tantos perdí ya tantos otros los dotaba
De mi eterna locura: imaginar dichoso, sueños de futuro, Esperanzas de amor, periplos soleados.
Mas, si prudente, estrangulaba al hombre
Con mis garras potentes, que un grano de locura
Sal de la vida es. A fuerza de haber sido,
Promesas para el hombre ya no tengo.»
Su reflejo la luna deslizando
Sobre la arena sorda del desierto,
Entre sombras a la Quimera deja,
Calla en su dulce voz la música cautiva.
y como el mar en la resaca, al retirarse
Deja a la playa desnuda de su magia,
Retirado el encanto de la voz, queda el desierto
Todavía más inhóspito, sus dunas
Ciegas y opacas, sin el miraje antiguo.
Muda y en sombra, parece la Quimera retraerse
A la noche ancestral del Caos primero;
Mas ni dioses, ni hombres, ni sus obras,
Se anulan si una vez son; existir deben
Hasta el amargo fin, perdiéndose en el polvo.
Inmóvil, triste, la Quimera sin nariz olfatea
Frescor de alba naciente, alba de otra jornada
Que no habrá de traerle piadosa la muerte,




LA GLORIA DEL POETA




Demonio hermano mío, mi semejante,
Te vi palidecer, colgado como la luna matinal,
Oculto en una nube por el cielo,
Entre las horribles montañas,
Una llama a guisa de flor tras la menuda oreja tentadora, Blasfemando lleno de dicha ignorante,
Igual que un niño cuando entona su plegaria,
y burlándote cruelmente al contemplar mi cansancio de la
[ tierra.

Más no eres tú,
Amor mío hecho eternidad,
Quien deba reír de este sueño, de esta impotencia, de esta
[caída,
Porque somos chispas de un mismo fuego
y un mismo soplo nos lanzó sobre las ondas tenebrosas
De Qna extraña creación, donde los hombres
Se acaban como un fósforo al trepar los fatigosos años de
[sus vidas.
Tu carne como la mía
Desea tras el agua y el sol el roce de la sombra;
Nuestra palabra anhela
El muchacho semejante a una rama florida
Que pliega la gracia de su aroma y color en el aire cálido
[de mayo;
Nuestros ojos el mar monótono y diverso,
Poblado por el grito de las aves grises en la tormenta, Nuestra mano hermosos versos que arrojar al desdén de los [hombres.
Los hombres tú los conoces, hermano mío;
Mírales cómo enderezan su invisible corona
Mientras se borran en las sombras con sus mujeres al brazo
Carga de suficiencia inconsciente,
Llevando a comedida distancia del pecho,
Como sacerdotes católicos la forma de su triste dios,
Los hijos conseguidos en unos minutos que se hurtaron al
[sueño
Para dedicarlos a la cohabitación, en la densa tiniebla
[conyugal
De sus cubiles, escalonados los unos sobre los otros.
Mírales perdidos en la naturaleza,
Cómo enferman entre los graciosos castaños o los taciturnos
[plátanos.
Cómo levantan con avaricia el mentón,
Sintiendo un miedo oscuro morderles los talones;
Mira cómo desertan de su trabajo el séptimo día autorizado, Mientras la caja, el mostrador, la clínica, el bufete, el
[despacho oficial Dejan pasar el aire con callado rumor por su ámbito solitario.
Escúchales brotar interminables palabras
Aromatizadas de facilidad violenta,
Reclamando un abrigo para el niñito encadenado bajo el sol
[divino
O una bebida tibia, que resguarde aterciopeladamente.
El clima de sus fauces,
A quienes dañaría la excesiva frialdad del agua natural.
Oye sus marmóreos preceptos
Sobre lo útil, lo normal y lo hermoso;
Oyeles dictar la ley al mundo, acotar el amor, dar canon a
[la belleza inexpresable, Mientras deleitan sus sentidos con altavoces delirantes; Contempla sus extraños cerebros
Intentando levantar, hijo a hijo, un complicado edificio
[de arena
A que negase con torva frente lívida la refulgente paz de las [estrella.

Esos son, hermano mío,
Los seres con quienes mueren a solas,
Fantasmas que harán brotar un día
El solemne erudito, oráculo de estas palabras mías ante
[alumnos extraños,

Obteniendo por ello renombre,
Más una pequeña casa de campo en la angustiosa sierra
[inmediata a la capital;

En tanto tú, tras irisada niebla,
Acaricias los rizos de tu cabellera
Y contemplas con gesto distraído desde la altura.
Esta sucia tierra donde el poeta se ahoga.

Sabes sin embargo que mi voz es la tuya,
Que mi amor es el tuyo;
Deja, oh, deja por una larga noche.
Resbalar tu cálido cuerpo oscuro,
Ligero como un látigo,
Bajo el mío, momia de hastío sepulta en anónima yacija,
y que tus besos, ese venero inagotable,
Viertan en mí la fiebre de una pasión a muerte entre los dos;
Porque me cansa la vana tarea de las palabras,
Como al niño las dulces piedrecillas
Que arroja a un lago, para ver estremecerse su calma
Con el reflejo de una gran ala misteriosa.
Es hora ya, es más que tiempo
De que tus manos cedan a mi vida
El amargo puñal codiciado del poeta;
De que lo hundas, con sólo un golpe limpio,
En este pecho sonoro y vibrante, idéntico a un laúd,
Donde la muerte únicamente,
La muerte únicamente,
Puede hacer resonar la melodía prometida.
Sino que su existir desolado prolongue todavía.

















viernes, 27 de febrero de 2009

LUIS CERNUDA, "Cómo llenarte, soledad"






LUIS CERNUDA

Cómo llenarte soledad










Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma…

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso;
y sobre todo ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aún cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
en ti, mi soledad, los amo ahora.

















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Anaïs Nin

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Anaïs Nin es una autora que rompió abiertamente con la literatura patriarcal y le dio una voz a la identidad femenina con su escritura osada que se constituyó en un desafío a su época. Nació en Paris, Francia, el 21 de febrero de 1903. Era hija de Rosa Culmell, una franco danesa, y de Joaquín Nin, pianista y compositor cubano de origen español. Por línea paterna era descendiente de franceses, cubanos y daneses, pero la nacionalidad norteamericana de su madre marcó el futuro de su vocación literaria, pues es a Nueva York donde se traslada con ésta cuando tenía 12 años de edad. Sus padres se habían separado, y este acontecimiento marcó sus inicios como escritora, ya que en esa época comenzó a escribir sus diarios íntimos, en los que anota con toda sinceridad sus impresiones sobre su vida y lo que la rodea. Textos como el siguiente surgieron de su pluma en esos días: “Soy Ángeles, Anaïs, Juana, Antolina, Rosa, Edelmira Nin y Culmell. Tengo doce años y soy bastante alta para mi edad, todo el mundo lo dice. Soy delgada, tengo los pies grandes y las manos también, con los dedos largos, que suelo crispar por nerviosismo. Tengo la cara muy pálida, unos grandes ojos castaños, perdidos, y temo que revelen mis insensatos pensamientos. La boca grande, me río muy mal, y sonrío regular. Cuando me enfado, hago una mueca con los labios”.



“Mathilde”



Mathilde era sombrerera en París, y contaba apenas veinte años cuando la sedujo el Barón. Aunque la aventura no había durado más que dos semanas, en ese breve espacio de tiempo quedó imbuida, por contagio, de la filosofía de la vida y de la manera expeditiva de resolver los problemas propios del Barón. Algo que éste le dijo casualmente una noche la intrigaba: que las mujeres parisienses gozaban de la más elevada cotización en Sudamérica debido a su pericia en materia amorosa, a su vivacidad y a su talento, que las hacían contrastar acusadamente con muchas esposas de aquellos países. Estas aún cultivaban la tradición de mantenerse en un plano borroso y de obediencia, que diluía sus personalidades y que, posiblemente, se debía a la resistencia de los hombres a hacer de ellas unas amantes. Al igual que el Barón, Mathilde desarrolló una fórmula para actuar en la vida como en una serie de papeles; o sea, diciéndose todas las mañanas, mientras se cepillaba su rubio pelo: “Hoy quiero ser tal o cual persona”, y procediendo en consecuencia. Un día decidió que deseaba ser una distinguida representante de un conocido modista parisiense e irse al Perú. Todo cuanto tenía que hacer era interpretar el papel. Así pues, se vistió con cuidado y se presentó con extraordinaria seguridad en casa del modista. El puesto de representante le fue concedido y se le entregó un pasaje de barco para Lima. A bordo, se comportó como una embajadora francesa de la elegancia. Su innato talento para apreciar los buenos vinos, los buenos perfumes y ios buenos vestidos la señalaron como una dama refinada. Su paladar era el de un gourmet. Mathilde poseía sobrados encantos para realzar ese papel. Reía de continuo, le sucediera lo que le sucediera. Cuando se extraviaba una maleta, reía. Cuando la pisaban, reía. Fue su risa lo que atrajo al representante de la naviera española, Dalvedo, quien la invitó a sentarse a la mesa del capitán. Dalvedo iba elegantemente vestido de esmoquin, se comportaba como si él mismo fuera el capitán y contaba anécdotas. La noche siguiente la sacó a bailar. Se daba perfecta cuenta de que el viaje no era lo bastante largo como para cortejar a la joven de forma usual, de modo que inmediatamente empezó a alabar el pequeño lunar de la mejilla de Mathilde. A medianoche le preguntó si le gustaban los higos chumbos. Ella nunca los había probado. Dalvedo le dijo que tenía algunos en su camarote. Pero Mathilde quería realzar su valor mediante la resistencia, y se mantuvo en guardia cuando penetraron en él. Había rechazado con facilidad las manos audaces de los hombres con las que se rozaba mientras vendía las insidiosas caricias de los maridos de sus clientes, y los pellizcos en los pezones a cargo de los amigos que la invitaban al cine. Nada de eso le había causado ninguna sensación. Tenía una vaga pero tenaz idea de lo que la podía agitar. Deseaba ser cortejada con un lenguaje misterioso. Era su condición desde su primera aventura, ocurrida cuando sólo tenía dieciséis años. Un escritor célebre había entrado un día en su tienda. No buscaba un sombrero, sino que preguntó si vendía unas flores luminosas de las que había oído hablar; unas flores que brillaban en la obscuridad. Las deseaba, explicó, para una mujer que brillaba en la obscuridad. Podía jurar que cuando la llevó al teatro y se sentó en la parte trasera del palco, sin luz, con su traje de noche, su piel era tan luminosa como la más fina de las conchas marinas, de un fulgor rosa pálido. Y él quería esas flores para que las llevara en el pelo. Mathilde no las tenía. Pero en cuanto el hombre se hubo marchado, fue a mirarse al espejo. Esa era la clase de sentimiento que deseaba inspirar. ¿Podría? La tonalidad de su cutis no era de aquella clase; tenía más fuego que luz. Sus ojos eran ardientes, de color violeta. Llevaba el cabello teñido de rubio, pero proyectaba a su alrededor una sombra cobriza. Su piel era asimismo de color de cobre, firme y en absoluto transparente. Su cuerpo llenaba sus vestidos, ciñéndoselos plenamente. No llevaba corsé, pero su figura tenía la misma forma que si lo utilizara. Se arqueaba para sacar el pecho y ele-var las nalgas. El hombre volvió, pero esta vez no pretendió comprar nada.

Permaneció de pie mirándola, sonriendo con su rostro alargado y finamente tallado, y entregándose, con sus gestos elegantes, al ritual de encender un cigarrillo. –Esta vez he venido sólo para verla –dijo. El corazón de Mathilde latió tan aprisa, que sintió como si hubiera llegado el momento que esperaba desde hacía años. A punto estuvo de ponerse de puntillas para escuchar el resto de sus palabras. Sintió como si fuera la luminosa mujer que se sentaba atrás, en el palco obscuro, recibiendo las exóticas flores. Pero lo que el cortés escritor de pelo gris dijo con su aristocrática voz fue: –En cuanto la vi, se me levantó. La crudeza de aquellas palabras fue como un insulto. Se ruborizó y lo abofeteó. Esta escena se repitió en varias ocasiones. Mathilde advirtió que en su presencia los hombres solían enmudecer, privados de toda inclinación romántica a hacer la corte. Palabras como aquéllas salían de sus bocas sólo con que la vieran. Su efecto era tan directo que todo cuanto podían expresar era su turbación física. En lugar de aceptar eso como un tributo, Mathilde se ofendía. Ahora se hallaba en el camarote de Dalvedo, el afable español, que estaba pelando unos higos chumbos para ella y charlando. Mathilde fue recuperando la confianza. Se sentó en el brazo de una silla, vestida con su traje de noche de terciopelo rojo. Pero el acto de pelar los higos quedó interrumpido. Dalvedo se levantó y dijo: –Tiene usted en su mejilla el más seductor de los lunares. Ella pensó que trataría de besárselo, pero no lo hizo. Se desabrochó rápidamente, se sacó el miembro y, con el gesto que un apache dirigiría a una mujer de la calle, le ordenó:

–Arrodíllate. Mathilde lo abofeteó y se dirigió a la puerta. –No te vayas –imploró él–. Me has vuelto loco; mira en qué estado me has puesto. Ya estaba así toda la noche, mientras bailábamos. No puedes dejarme ahora. Trató de abrazarla. Mientras luchaba por librarse de él, Dalvedo eyaculó sobre su vestido. Tuvo que cubrirse con su capa para regresar a su camarote. En cuanto Mathilde llegó a Lima, sin embargo, vio realizado su sueño. Los hombres se le acercaban con palabras floridas, disfrazando sus intenciones con gran encanto y ornamentos retóricos. Este pre-ludio al acto sexual la satisfizo; le agradaba un poco de incienso. En Lima recibió mucho, pues formaba parte del ritual. Había sido elevada a un pedestal de poesía, de modo que su caída hacia el abrazo final podía parecer más que un milagro. Vendió muchas más noches que sombreros.

En esa época, Lima sufría la fuerte influencia de su numerosa población china. Fumar opio estaba a la orden del día. Jóvenes ricos iban en pandilla de burdel en burdel, pasaban las noches en los fuma-deros, donde había prostitutas disponibles, o alquilaban habitaciones completamente vacías en los barrios bajos, donde podían tomar drogas en grupo y ser visitados por las rameras. A los jóvenes les gustaba ir a ver a Mathilde. Había transformado su tienda en un budoir, lleno de chaises longues, encajes y raso, cortinas y cojines. Martínez, un aristócrata peruano, la inició en el opio. Llevaba a sus amigos a fumar, y a veces pasaban dos o tres días perdidos para el mundo y para sus familias. Las cortinas permanecían cerradas. La atmósfera era obscura e invitaba a dormir. Compartían a Mathilde. El opio los volvía más voluptuosos que sensuales. Podían pasarse horas acariciándole las piernas. Uno de ellos le tomaba un seno, mientras que otro enterraba sus besos en la delicada carne del cuello, limitándose a presionar con los labios, porque el opio ampliaba todas las sensaciones. Un beso podía hacer temblar todo el cuerpo. Mathilde yacía desnuda en el suelo. Todos los movimientos eran lentos. Tres de los cuatro jóvenes estaban echados entre los almohadones. Perezosamente, un dedo buscaba el sexo de la muchacha, penetraba en él y allí permanecía, entre los labios de la vulva, sin moverse. Otra mano lo pretendía también, se contentaba con describir círculos en torno suyo, y al cabo iba en busca de otro orificio. Un hombre ofrecía su miembro a la boca de Mathilde. Ella lo succionaba lentamente; todo contacto era magnificado por la droga. Luego, durante horas, podían yacer tranquilos, soñando.

Las imágenes eróticas se formaban de nuevo. Martínez comenzó a ver el cuerpo de una mujer, hinchado, sin cabeza; una mujer con los pechos de una balinesa, el vientre de una africana y las altas nalgas de una negra, todo confundido con una imagen de carne móvil; una carne que parecía hecha de materia elástica. Los erguidos senos se hincha-ban en dirección a su boca, y su mano se extendía hacia ellos, pero entonces las demás partes del cuerpo se ensanchaban, se volvían prominentes y colgaban sobre el propio cuerpo de Martínez. Las pier-nas se separaban de una forma inhumana e imposible, como si las cercenaran de la mujer, a fin de dejar el sexo expuesto, abierto; como si alguien hubiera tomado un tulipán en la mano y lo abriera por completo, forzándolo. Este sexo era móvil también y cambiaba como si fuera de goma, como si lo ensancharan unas manos invisibles, unas manos curiosas que pretendieran desmembrar el cuerpo para acceder a su interior. Entonces, el trasero se volvía completamente hacia él y empezaba a perder su forma, como si lo hubieran arrancado. A cada momento parecía que el cuerpo iba a abrirse del todo, hasta rasgarse. A Martínez le acometió la furia porque otras manos sujetaban ese cuerpo. Trató de incorporarse y buscar el seno de Mathilde, y si encontraba allí otra mano o una boca chupándolo, buscaría el vientre, como si aún se tratara de la imagen que obsesionó su sueño causado por el opio, y entonces caería sobre la parte inferior de aquel cuerpo, de manera que pudiera besarlo entre las piernas abiertas. El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres era inmenso, y las manos de éstos se deslizaban sobre su cuerpo y lo arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados por el opio, con el cuerpo aún no descansado. Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el cabello. Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las dos turgentes montañas de carne! Pensando en Martínez, Mathilde se sintió invadida por la pasión. Y no podía aguantar su regreso. Se miró las piernas. Por haber permanecido demasiado tiempo sin salir, se habían blanqueado de ma-nera muy sugestiva, adquiriendo el tono blanco yeso del cutis de las mujeres chinas, esa mórbida palidez de invernadero que gustaba a los hombres de piel obscura, y en particular a los peruanos. Se miró el vientre, impecable, sin una sola línea fuera de lugar. El vello púbico relucía ahora al sol con reflejos rojos y dorados. “¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió len-tamente las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo. Mathilde se preguntaba si podría hacer salir aquello de su misterioso centro. Se abría con los dedos los dos pequeños labios de la vulva y empezaba a acariciarla con suavidad felina. Atrás y adelante, como hacía Martínez con sus morenos y más nerviosos dedos. Rememoró esos dedos sobre su piel, en contraste con ella, y cuya reciedumbre parecía que iba a lastimar el cutis antes que arrancar placer con su contacto. jQué delicadamente la tocaba –pensó–, cómo sujetaba la vulva entre sus dedos, como si tocara terciopelo! Se la sujetó como Martínez lo hacía, con el índice y el pulgar. Con la mano que le quedaba libre continuó las caricias. Experimentó la misma sensación, como de derretirse, que le procuraban los dedos de Martínez. De alguna parte, empezaba a fluir un líquido salado que cubría las aletas del sexo, que ahora relucía entre ellas. Mathilde quiso entonces conocer su aspecto cuando Martínez le pedía que se diera la vuelta. Se tendió sobre el costado izquierdo y expuso el trasero al espejo. Ahora podía ver su sexo desde otro lado. Se movió como se movía para Martínez. Vio cómo su propia mano aparecía sobre la pequeña colina formada por las nalgas, y empezaba a acariciarlas. Su otra mano se colocó entre las piernas y se mostró en el espejo por detrás. Esta mano acariciaba el sexo de atrás adelante Se introdujo el índice y empezó a frotarse contra él. Entonces la invadió el deseo de tomar por los dos lados, por lo que insertó el otro índice en el orificio trasero. Ahora, cuando se movía hacia adelante, se encontraba con un dedo, y cuando el vaivén la empujaba atrás, hallaba el otro dedo, como le ocurría cuando Martínez y un amigo suyo. la acariciaban a la vez. La proximidad del orgasmo la excitó, y la recorrieron las convulsiones, como si sacudiera el último fruto de una rama, sacudiendo, sacudiendo la rama para que cayera todo en un orgasmo salvaje, que se consumó mientras se miraba en el espejo, contemplando sus manos que se movían, la miel que brillaba y el sexo y el ano que resplandecían, húmedos, entre sus piernas. Después de ver sus movimientos en el espejo, comprendió la historia que le relatara un marinero: los marineros de su barco habían hecho una mujer de goma para pasar el rato y satisfacer los deseos que sentían durante los seis o siete meses que permanecían en el mar. La mujer había sido hecha a conciencia, y les producía una ilusión perfecta. Los marineros la amaban y se la llevaban a la cama. Estaba construida de tal manera, que todas sus aberturas podían satisfacerles. Poseía la cualidad que una vez atribuyó a su joven esposa un anciano indio: al poco de su matrimonio, la mujer era la amante de todos los jóvenes de la hacienda. El amo llamó al viejo indio para informarle de la escandalosa conducta de su joven esposa, y le aconsejó que la vigilara mejor. El indio meneó escépticamente la cabeza y repuso: –Bueno; no veo por qué tendría que preocuparme. Mi mujer no está hecha de jabón, así que no va a desgastarse. Eso es lo que sucedía con la mujer de goma. Los marineros la encontraban incansable y diferente; en verdad, una maravillosa compañera. No había celos, no se peleaban entre ellos, no existía la posesión. La mujer de goma fue muy amada, pero pese a su inocencia, su naturaleza flexible y buena, su generosidad y su silencio, pese a su fidelidad hacia los marineros, les contagió a todos de sífilis. Mathilde se rió al recordar al joven marinero peruano y su descripción, de cómo se acostaba sobre la muñeca, como si se tratara de un colchón de aire, y cómo, a veces, la muñeca le hacía botar sobre ella por su misma elasticidad. Mathilde se sentía exactamente como esa mujer de goma cuando tomaba opio. ¡Cuan placentera era la sensación de total abandono! Su única ocupación era contar el dinero que sus amigos le dejaban. Uno de ellos, Antonio, no parecía contento con el lujo de la habitación. Siempre estaba rogando a Mathilde que fuera a visitarlo. Regateaba mucho y tenía el aspecto del hombre que sabe hacer traba-jar a las mujeres para él. Poseía, ante todo, la elegancia necesaria para qué éstas se sintieran orgullosas de él; un cuidado aspecto de hombre acomodado y de suaves maneras que –se notaba– en el momento necesario podía llegar a la violencia. Sus ojos tenían la mirada del gato que hace desear acariciarlo, pero que no quiere a nadie, que nunca considera que deba responder a los impulsos que despierta.

Tenía una amante con la que se complementaba bien, pues le igualaba en fuerza y vigor, y era capaz de resistir todos los golpes; una mujer que llevaba su feminidad con honor y que no pedía compasión de los hombres; una mujer de verdad que sabía que una lucha vigorosa era un maravilloso estimulante para la sangre (la compasión sólo la diluye), y que las mejores reconciliaciones sólo pueden pro-ducirse después del combate. Sabía que cuando Antonio no estaba con ella se encontraba en casa de la francesa tomando opio, pero eso la preocupaba menos que no saber dónde estaba. Aquel día acababa de cepillarse el bigote con satisfacción, y se preparaba para una fiesta de opio. Con objeto de aplacar a su amante, empezó a pellizcarle y acariciarle las nalgas. Se trataba de una mujer de aspecto poco habitual, con algo de sangre africana. Sus senos eran los más enhiestos que jamás hubiera visto, colocados casi paralelamente a la línea del hombro, de forma por completo redonda y de gran tamaño. Fueron esos pechos lo primero que le atrajo. Estaban dispuestos de manera tan provocativa, tan cerca de la boca, apuntando hacia arriba, que despertaban en él una respuesta directa. Era como si su sexo tuviera una peculiar afinidad con aquellos senos; en cuanto se mostraron en el burdel donde halló a la mujer, el sexo de Antonio se alzó para desafiarlos en términos de igualdad. Cada vez que fue al prostíbulo, experimentó el mismo fenómeno. Por fin sacó a la mujer de aquella casa y se fue a vivir con ella. Al principio, sólo podía hacer el amor a sus pechos. Le tenían embrujado, obsesionado. Cuando introducía el pene en su boca, los senos parecían apuntar hambrientos hacia aquel sexo, lo dejaba así, entre los pechos, sujetán-dolos con las manos contra el miembro. Los pezones eran anchos, y se endurecían en su boca como un hueso de fruta. Excitada por las caricias de Antonio, se quedaba con la parte inferior del cuerpo completamente desatendida. Sus piernas se zarandeaban, pidiendo violencia, y el sexo se abría, pero él no le prestaba atención. Los senos llenaban su boca y entre ellos colocaba el pene; le gustaba ver el esperma rodándolos. El resto del cuerpo de la mujer se retorcía en el vacío, con las piernas y el sexo caracoleando como una hoja a cada caricia, batiendo el aire, hasta que ella misma llevaba allí sus manos y se masturbaba. Aquella mañana, cuando estaba a punto de irse, repitió sus caricias. La mordió en los pechos. Ella le ofreció su sexo, pero no lo aceptó. La obligó a arrodillarse frente a él y a tomar el pene en su boca. Frotó los senos contra sí, lo cual, en ocasiones, provocaba el orgasmo en la mujer. Acto seguido, Antonio se marchó, caminando despreocupadamente en dirección a la casa de Mathilde. Halló la puerta entreabierta y penetró con pasos felinos, sin hacer el menor ruido sobre la alfombra. Halló a Mathilde a gatas en el suelo, frente a un espejo, mirándose la entrepierna. –No te muevas, Mathilde –le dijo–. Me gusta esa postura. Se agachó sobre ella como un gato gigantesco, y la penetró. Dio a Mathilde lo que no diera a su querida. El peso de Antonio la hizo al fin derrumbarse y tumbarse en la alfombra. Este levantó el trasero de Mathilde agarrándolo con ambas manos, y la poseyó una y otra vez. Su miembro parecía estar hecho de hierro candente; era largo y estrecho, se movía en todas direcciones y brincaba dentro de ella con una agilidad que la muchacha nunca había conocido. Antonio, cuyos gestos eran cada vez más rápidos, decía con voz ronca: –¡Córrete ya, córrete ya, córrete te digo! Dámelo todo, ahora. Dámelo todo. Como nunca has hecho. ¡Entrégate! Con estas palabras, ella empezó a brincar contra él furiosamente, y el orgasmo se consumó, llegó como un rayo que alcanzara a los dos al mismo tiempo. Los otros les hallaron todavía abrazados sobre la alfombra. Se echaron a reír al ver el espejo, que había reflejado el encuentro. Comenzaron a preparar las pipas de opio. Mathilde estaba lánguida. Martínez comenzó su sueño de mujeres hinchadas y con el sexo abierto. Antonio conservaba la erección y pidió a Mathilde que se le sentara encima; ella lo hizo. Cuando la fiesta del opio hubo terminado, y todos excepto Antonio se hubieron marchado, éste repitió la proposición de que le acompañara a su antro particular. Las entrañas de Mathilde abrasaban todavía a causa de la penetración, y consintió, pues deseaba estar con él y repetir aquel abrazo. Caminaron en silencio por las callejuelas del barrio chino. Mujeres de todas partes del Mundo les sonreían desde las ventanas abiertas y les invitaban, de pie en los umbrales. Algunas habitaciones estaban expuestas a la calle. Sólo una cortina ocultaba las camas, por lo que podían verse parejas abrazándose. Había mujeres sirias con su atavío nativo, árabes cubriendo con joyas sus cuerpos semidesnudos, japonesas y chinas haciendo señas picaras, y corpulentas africanas acuclilladas en círculo, charlando entre ellas. Había una casa llena de prostitutas francesas cubiertas con cortas camisas rosadas, tejiendo y cosiendo como si estuvieran en el hogar. Llamaban a los peatones prometiéndoles siempre especialidades. Las casas eran pequeñas, pero iluminadas, polvorientas, llenas de humo y repletas de voces apagadas: murmullos de borrachos y de parejas haciendo el amor. Las chinas adornaban el escenario y lo hacían confuso, aún más con biombos y cortinas, linternas, incienso ardiendo y Budas de oro. Era un laberinto de joyas, flores de papel, colgaduras de seda y alfombras, con mujeres tan variadas como los diseños y los colores que invitaban a los hombres que pasaban a acostarse con ellas. Antonio tenía una habitación en ese barrio. Condujo a Mathilde por la arrruinada escalera, abrió una puerta casi inservible por el uso, y la empujó dentro. No había muebles. Sobre el suelo se extendía una estera china, en la que estaba acostado un hombre envuelto en harapos; un hombre tan flaco y de aspecto tan enfermizo, que Mathilde retrocedió. –Ah, estás aquí –dijo Antonio en tono más bien irritado. –No tenía donde ir. –Pues aquí no puedes quedarte, ¿sabes? La policía anda tras de ti. –Sí, ya lo sé. –Supongo que fuiste tú el que robó la cocaína el otro día. Sabía que eras tú. –Sí –confirmó el hombre, amodorrado e indiferente. Entonces Mathilde vio que su cuerpo estaba cubierto de arañazos y pequeñas heridas. El hombre hizo un esfuerzo por sentarse. Sostenía una ampolla en una mano, y en la otra una pluma estilográfica y una navajita. Mathilde lo miró con horror.

Rompió el extremo de la ampolla con el dedo, sacudiendo los fragmentos. Luego, en lugar de introducir una jeringa hipodérmica, metió la estilográfica y extrajo el líquido. Con la navajita se practicó un corte en el brazo, ya cubierto de heridas antiguas y de otras más recientes, se insertó la pluma en el corte e introdujo la cocaína en su carne. –Es demasiado pobre para comprarse una aguja –comentó Antonio–. No le di dinero porque pensé que así evitaría que robara, pero mira lo que ha encontrado. Mathilde quiso irse, pero Antonio se lo impidió. Quería que tomaran cocaína juntos. El hombre yacía boca arriba con los ojos cerrados. Antonio sacó una aguja y puso a Mathilde una inyección. Se acostaron en el suelo, y ella fue presa de un extraordinario entumecimiento. –Te sientes como muerta, ¿verdad? –le preguntó Antonio. Era como si le hubieran dado éter. La voz de Antonio parecía llegar de muy lejos. Se movió hacia él y sintió como un desmayo. –Se te pasará –dijo él. Comenzó una pesadilla. Muy lejos, estaba la figura del hombre postrado, echado de espaldas en la estera, y más cerca el cuerpo de Antonio, muy ancho y negro. Antonio tomó el cortaplumas y se echó sobre Mathilde. Ella sintió el miembro en su interior, suave y placentero, y se entregó a un movimiento lento, relajado, en oleadas. El pene se escabulló, y Mathilde lo sintió mecerse sobre la sedosa humedad de su entrepierna, pero no había quedado satisfecha, e hizo un gesto para recuperarlo. Luego en la pesadilla, Antonio abrió el cortaplumas y se lanzó sobre las piernas abiertas de Mathilde, la tocó con la punta de la navaja y la empujó suavemente. Mathilde no experimentó dolor alguno. Le faltó energía para moverse; estaba hipnotizada por aquel cuchillo abierto. De pronto cobró conciencia de lo que sucedía: no se trataba de una pesadilla. Antonio estaba mirando cómo la punta del cortaplumas tocaba la entrada de su sexo. Chilló y se abrió la puerta. Era la policía, que buscaba al ladrón de cocaína. Mathilde fue rescatada del hombre que tan a menudo acuchillaba la vulva de las prostitutas, razón por la que nunca tocaba a su amante en esa parte. Mientras vivió con ella, sólo había estado a salvo cuando lo provocativo de sus senos mantuvo su atención apartada del sexo, de la morbosa atracción hacia la que llamaba “la heridita de la mujer”, que tan violentamente se sentía tentado de ensanchar.



“Mallorca”


Veraneaba yo en Mallorca, en Deyá, cerca de la cartuja donde se hospedaron George Sand y Chopin. A primera hora de la mañana, a lomo de asno, recorríamos el duro y difícil camino hasta el mar, montaña abajo. Nos llevaba alrededor de una hora de lento esfuerzo por senderos de tierra roja, pisando rocas y traicioneros guijarros, por entre olivos plateados, hacia las aldeas de pescadores, simples barracas apoyadas en la ladera de la montaña. Todos los días bajaba a la cala, donde el mar penetraba en una pequeña bahía redonda, de tal transparencia, que podía sumergirme hasta el fondo y ver bancos de coral e insólitas plantas acuáticas. Los pescadores me contaron una extraña historia. Las mujeres mallorquinas eran muy inaccesibles, puritanas y religiosas. Cuando se bañaban, llevaban anticuados trajes de largas faldas y medias negras. La mayor parte de ellas no creía en absoluto en las virtudes del baño y lo dejaban para las desvergonzadas veraneantes extranjeras. También los pescadores condenaban los modernos bañadores y la conducta obscena de las europeas. Decían de ellas que eran nudistas, que esperaban la menor oportunidad para desvestirse por completo y echarse al sol desnudas como paganas. También miraban con desaprobación los baños de medianoche introducidos por los americanos. Una noche, hace varios años, la hija de un pescador, de dieciocho años, caminaba a la orilla del mar, brincando de roca en roca, con su vestido blanco ceñido al cuerpo. Paseando así, soñando y con-templando los efectos de la luna sobre el mar, con el suave chapaleo de las olas a sus pies, llegó a una recoleta cala donde se dio cuenta de que alguien estaba bañándose. Sólo podía ver una cabeza que se movía y, de vez en cuando, un brazo. El bañista se encontraba muy alejado. La joven oyó entonces una voz alegre que la llamaba: –Ven y báñate. Es maravilloso. –Estas palabras fueron pronunciadas en español, con acento extranjero. La voz la llamó–: ¡Eh, María! –Era alguien que la conocía. Debía de tratarse de una de las jóvenes americanas que se bañaban allí durante el día. –¿Quién eres? –preguntó María. –Soy Evelyn. ¡Ven y báñate conmigo! Era una tentación. Podía despojarse fácilmente de su vestido blanco, y quedarse en camisa. Miró a su alrededor. No había nadie. El mar estaba en calma, manchado de luz de luna. Por primera vez, María compartió la afición de las extranjeras por el baño de medianoche. Se quitó el vestido. Tenía el cabello largo y negro, cara pálida y ojos rasgados y verdes, más verdes que el mar. Estaba bien formada, de pechos erguidos, largas piernas y cuerpo estilizado. Sabía nadar mejor que cualquier otra mujer de la isla. Se deslizó en el agua e inició sus largas y ágiles brazadas en dirección a Evelyn.

Evelyn buceó, salió a flote y la agarró por las piernas. Estuvieron jugando dentro del agua. La semioscuridad y el gorro de baño de Evelyn hacían difícil ver su cara. Las mujeres americanas tenían voces como de hombre. Evelyn forcejeó con María y la abrazó bajo el agua. Ascendieron para respirar riendo, y nadaron indolentemente, separándose y volviéndose a reunir. La camisa de María flotaba en torno a sus hombros y estorbaba sus movimientos, hasta que se desprendió y María quedó desnuda. Evelyn se sumergió y la tocó jugando, forcejeando con ella y buceando por debajo y por entre sus piernas. También Evelyn separó sus piernas para que su amiga pudiera bucear entre ellas y reaparecer por el otro lado. Flotando, dejó que María pasara bajo su arqueado trasero. María advirtió que también Evelyn estaba desnuda. De pronto, sintió que ésta la abrazaba por detrás, cubriendo todo su cuerpo con el suyo propio. El agua estaba tibia, como un lujuriante almohadón, tan salada que las llevaba, ayudándolas a flotar y a nadar sin esfuerzo. –Eres hermosa, María –dijo la profunda voz, y Evelyn mantuvo sus brazos en torno a la muchacha. María quiso alejarse flotando, pero la retenían la calidez del agua y el roce constante con el cuerpo de su amiga. Se relajó, aceptando el abrazo. No sintió los pechos de Evelyn, pero recordó que había visto mujeres americanas que no los tenían. El cuerpo de María languidecía y quiso cerrar los ojos. De pronto, lo que sintió entre las piernas no era una mano, sino otra cosa, algo tan inesperado y turbador que gritó. No era Evelyn, era un hombre, el hermano menor de Evelyn, que acababa de deslizar su pene erecto entre las piernas de María. Esta chillaba, pero nadie la oyó, y su grito fue sólo una reacción que le habían enseñado a esperar de sí misma. En realidad, el abrazo le pareció tan arrullador, cálido y placentero como la misma agua. El mar, el miembro y las manos conspiraron para despertar su cuerpo. Trató de alejarse nadando, pero el muchacho nadó bajo ella, la acarició, le agarró las piernas y la atrapó de nuevo por detrás. Forcejearon en el agua pero cada movimiento la afectaba más, hacía que notara más el otro cuerpo contra el suyo y las manos sobre ella. El agua hacía que sus senos se balancearan adelante y atrás, como nenúfares flotando. El se los besó. Con el constante movimiento, no podía tomarla, pero su miembro tocaba una y otra vez el punto más vulnerable de su sexo, y María sentía cómo se desvanecían sus fuerzas. Nadó hacia la orilla, y él la siguió. Cayeron sobre la arena. Las olas seguían lamiéndoles mientras jadeaban, desnudos. Entonces, el hombre tomó a la mujer, y el mar llegó hasta ellos y lavó la sangre virginal. A partir de aquella noche se encontraron a la misma hora. La poseyó en el agua, bamboleándose y flotando. Los movimientos de sus cuerpos gozosos al compás del oleaje parecían formar parte del mar. Encontraron un repecho en una roca, y allí permanecieron juntos, acariciados por las olas y estremeciéndose en el orgasmo. Cuando iba a la playa de noche me parecía verlos, nadando juntos, haciendo el amor.









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LUIS CERNUDA







LUIS CERNUDA










Escondido en los muros




este jardín me brinda
sus ramas y sus aguas
de secreta delicia.

Qué silencio. ¿Es así
el mundo?... Cruz al cielo
desfilando paisajes,
risueño hacia lo lejos.

Tierra indolente. En vano
resplandece el destino.
Junto a las aguas quietas
sueño y pienso que vivo.

Mas el tiempo ya tasa
el poder de esta hora;
madura su medida,
escapa entre sus rosas.

Y el aire fresco vuelve
con la noche cercana,
su tersura olvidando
las ramas y las aguas.






EL VIENTO Y EL ALMA




Con tal vehemencia el viento
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.

Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.

Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda.




LIMBO


A Octavio Paz



La plaza sola (gris el aire,
negros los árboles, la tierra
manchada por la nieve),
parecía, no realidad, mas copia
triste sin realidad. Entonces,
ante el umbral, dijiste:
viviendo aquí serías
fantasma de ti mismo.

Inhóspita en su adorno
parsimonioso, porcelanas, bronces,
muebles chinos, la casa
oscura toda era,
pálidas sus ventanas sobre el río,
y el color se escondía
en un retablo español, en un lienzo
francés, su brío amedrentado.

Entre aquellos despojos,
proyecto, el dueño estaba
sentado junto a su retrato
por artista a la moda en años idos,
imagen fatua y fácil
del dilettante, divertido entonces
comprando lo que una fe creara
en otro tiempo y otra tierra.

Allí con sus iguales,
damas imperativas bajo sus afeites,
caballeros seguros de sí mismos,
rito social cumplía,
y entre el diálogo moroso,
tú oyendo alguien me dijo: "Me ofrecieron
la primera edición de un poeta raro,
y la he comprado", tu emoción callaste.

Así, pensabas, el poeta
vive para esto, para esto
noches y días amargos, sin ayuda
de nadie, en la contienda
adonde, como el fénix, muere y nace,
para que años después, siglos
después, obtenga al fin el displicente
favor de un grande en este mundo.

Su vida ya puede excusarse,
porque ha muerto del todo;
su trabajo ahora cuenta,
domesticado para el mundo de ellos,
como otro objeto vano,
otro ornamento inútil;
y tú cobarde, mudo
te despediste ahí, como el que asiente,
más allá de la muerte, a la injusticia.

Mejor la destrucción, el fuego.


















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EL MIEDO, CARILDA OLIVER LABRA






El Miedo


Carilda Oliver Labra




Entre los miedos que me ha dado tu muerte
hay uno.

No es el miedo a perder tus ojos de sálvame
ni a que de pronto,
al abrir un mueble,
la ropa se te parezca.

No es el miedo a que el óxido fatigue
tus cuchillos,
a que el tiempo apague tu último cigarro.
No es el miedo a que aparezca entre mis cosas
otra receta inútil
ni el miedo a sentirme desnuda sin tus manos.

No es el miedo a confundirte conmigo
sino a que caigas
de mi memoria
y yo no recuerde la forma donde estabas.









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jueves, 26 de febrero de 2009

Portrait d'un philosophe : Gaston Bachelard

Gaston Bachelard

EDIT PIAF -LA VIE EN ROSE-

EDIT PIAF


Edit Piaf
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La jolie rousse Guillaume Apollinaire (1880 - 1918)






La jolie rousse
Guillaume Apollinaire (1880 - 1918)











Me voici devant tous un homme plein de sens
Connaissant la vie et de la mort ce qu'un vivant peut
connaître
Ayant éprouvé les douleurs et les joies de l'amour
Ayant su quelquefois imposer ses idées
Connaissant plusieurs langages
Ayant pas mal voyagé
Ayant vu la guerre dans l'Artillerie et l'Infanterie
Blessé à la tête trépané sous le chloroforme
Ayant perdu ses meilleurs amis dans l'effroyable lutte
Je sais d'ancien et de nouveau autant qu'un homme seul
pourrait des deux savoir
Et sans m'inquiéter aujourd'hui de cette querre
Entre nous et pour nous mes amis
Je juge cette longue querelle de la tradition et de l'invention
De l'Ordre et de l'Aventure

Vous dont la bouche est faite à l'image de celle de Dieu
Bouche qui est l'ordre même
Soyez indulgents quand vous nous comparez
A ceux qui furent la perfection de l'ordre
Nous qui quêtons partout l'aventure

Nous ne sommes pas vos ennemis
Nous voulons vous donner de vastes et étranges domaines
Où le mystère en fleurs s'offre à qui veut le cueillir
Il y a là des feux nouveaux des couleurs jamais vues
Mille phantasmes impondérables
Auxquels il faut donner de la réalité
Nous voulons explorer la bonté contrée énorme où tout se tait
Il y a aussi le temps qu'on peut chasser ou faire revenir
Pitié pour nous qui combattons toujours aux frontières
De l'illimité et de l'avenir
Pitié pour nos erreurs pitié pour nos péchés

Voici que vient l'été la saison violente
Et ma jeunesse est morte ainsi que le printemps
O Soleil c'est le temps de la Raison ardente
Et j'attends
Pour la suivre toujours la forme noble et douce
Qu'elle prend afin que je l'aime seulement
Elle vient et m'attire ainsi qu'un fer l'aimant
Elle a l'aspect charmant
D'une adorable rousse

Ses cheveux sont d'or on dirait
Un bel éclair qui durerait
Ou ces flammes qui se pavanent
Dans les rose-thé qui se fanent

Mais riez riez de moi
Hommes de partout surtout gens d'ici
Car il y a tant de choses que je n'ose vous dire
Tant de choses que vous ne me laisseriez pas dire
Ayez pitié de moi


La linda pelirroja



Estoy aquí delante de todos un hombre con sentido común
que conoce la vida y de la muerte lo que un hombre puede conocer
probó los dolores y los goces del amor
impuso algunas veces sus ideas
conoce varias lenguas
y no ha viajado poco
vio la guerra en la infantería y la artillería
herido en la cabeza trepanada bajo el cloroformo
perdió sus mejores amigos en la espantosa lucha
sé de lo antiguo y de lo nuevo lo que un hombre solitario puede saber de esas cosas
y sin inquietarme hoy de esta guerra
entre nosotros y para vosotros amigos míos
juzgo esta larga querella de la tradición y de la invención
del orden y de la aventura
Vosotros con la boca hecha a la imagen de la boca de Dios
boca que es el orden mismo
sed indulgentes al compararnos
con los que fueron la perfección y el orden
nosotros que siempre buscamos la aventura
no somos enemigos
Al queremos daros vastos y extraños dominios
donde el misterio germina para el que quiera cosecharlo
hay fuegos nuevos colores nunca vistos
mil fantasmas imponderables
para darles realidad
y explorar la bondad país enorme y silencioso
hay tiempo para desterrar
y tiempo para el regreso
piedad para nosotros que combatimos siempre en las fronteras
de lo ilimitado y lo porvenir
piedad para nuestros errores piedad para nuestros pecados
He aquí que viene el estío la estación violenta
y mi juventud ha muerto como la primavera
oh sol es el tiempo de la razón ardiente y espero
para seguir la forma noble y dulce
que adopta ella para que pueda amarla
llega y me atrae como al hierro el imán
tiene el aspecto encantador de una adorable pelirroja
Sus cabellos son de oro se diría
un bello relámpago que nunca acaba
o esas llamas que presumen
en las rosas te marchitas ya
Reíd reíd de mí
hombres de todas partes sobre todo gentes de aquí
porque hay tantas cosas que no me atrevo a decir
tantas cosas que no me dejaríais decir
tened piedad de mí

Versión de José Umaña Bernal







Libellés : Guillaume Apollinaire

Vicky leandros l amour brillait dans tes yeux1973 ///APRES TOI






l amour brillait dans tes yeux1973








APRES TOI






Guillaume Apollinaire -Poème lu au mariage d’André Salmon-





Guillaume Apollinaire





Marc Chagall, A mi mujer






Poème lu au mariage d’André Salmon
Guillaume Apollinaire (1880 - 1918)

Le 13 juillet 1909



En voyant des drapeaux ce matin je ne me suis pas dit
Voilà les riches vêtements des pauvres
Ni la pudeur démocratique veut me voiler sa douleur
Ni la liberté en honneur fait qu'on imite maintenant
Les feuilles ô liberté végétale ô seule liberté terreste
Ni les maisons flambent parce qu'on partira pour ne plus revenir
Ni ces mains agitées travailleront demain pour nous tous
Ni même on a pendu ceux qui ne savaient pas profiter de la vie
Ni même on renouvelle le monde en reprenant la Bastille
Je sais que seul le renouvellent ceux qui sont fondés en poésie
On a pavoisé Paris parce que mon ami André Salmon s'y marie

Nous nous sommes rencontrés dans un caveau maudit
Au temps de notre jeunesse
Fumant tous deux et mal vêtus attendant l'aube
Épris épris des même paroles dont il faudra changer le sens
Trompés trompés pauvres petits et ne sachant pas encore rire
La table et les deux verres devinrent un mourant qui nous jeta le dernier regard d'Orphée
Les verres tombèrent se brisèrent
Et nous apprîmes à rire
Nous partîmes alors pèlerins de la perdition
A travers les rues à travers les contrées à travers la raison
Je le revis au bord du fleuve sur lequel flottait Ophélie
Qui blanche flotte encore entre les nénuphars
Il s'en allait au milieu des Hamlets blafards
Sur la flûte jouant les airs de la folie
Je le revis près d'un moujik mourant compter les béatitudes
Je le revis faisant ceci ou cela en l'honneur des mêmes paroles
Qui changent la face des enfants et je dis toutes ces choses
Souvenir et Avenir parce que mon ami André Salmon se marie

Réjouissons-nous non pas parce que notre amitié a été le fleuve qui nous a fertilisés
Terrains riverains dont l'abondance est la nourriture que tous espèrent
Ni parce que nos verres nous jettent encore une fois le regard d'Orphée mourant
Ni parce que nous avons tant grandi que beaucoup pourraient confondre nos yeux et les étoiles
Ni parce que les drapeaux claquent aux fenêtre des citoyens qui sont contents depuis cent ans d'avoir la vie et de menues choses à défendre
Ni parce que fondés en poésie nous avons des droits sur les paroles qui forment et défont l'Univers
Ni parce que nous pouvons pleurer sans ridicule et que nous savons rire
Ni parce que nous fumons et buvons comme autrefois
Réjouissons-nous parce que directeur du feu et des poètes
L'amour qui emplit ainsi que la lumière
Tout le solide espace entre les étoiles et les planètes
L'amour veut qu'aujourd'hui mon ami André Salmon se marie



Poema leído en la boda De André Salmon

El 13 de julio de 1909.



Esta mañana al ver banderas no me dije
He aquí la rica indumentaria de los pobres
Ni el pudor democrático quiere ocultarme su dolor
Ni la preciada libertad hace que se imite ahora
A las hojas oh libertad vegetal oh única libertad terrestre
Ni las casas arden porque nos marcharemos para no volver
Ni esas manos agitadas trabajarán mañana para todos nosotros
Ni siquiera se ha colgado a los que no sabían gozar de la vida
Ni siquiera se renueva el mundo retomando la Bastilla
Sé que sólo lo renuevan los que están fundados en la poesía
Se ha engalanado París porque mi amigo André Salmon
Allí se casa

Nos conocimos en una bodega maldita
En tiempos de nuestra juventud
Fumando los dos y mal vestidos esperando el alba
Apasionados apasionados los dos por las mismas palabras cuyo sentido habrá que cambiar
Engañados engañados pobrecitos sin saber aún reír
La mesa y los dos vasos se transformaron en un moribundo que nos echó la última mirada de Orfeo

Los vasos cayeron se rompieron
Y aprendimos a reír
Partimos entonces peregrinos de la perdición
Cruzando calles cruzando comarcas cruzando la razón
Lo volví a ver a orillas del río donde flotaba Ofelia
Blanca flota aún entre los nenúfares
Él iba en medio de pálidos Hamlets
Tocando con su flauta tocando los aires de la locura
Lo volví a ver junto a un mujik moribundo contando las bienaventuranzas
Admirando la nieve semejante a las mujeres desnudas
Volví a verle haciendo esto o aquello en honor de las mismas palabras
Que cambian el rostro de los niños y digo todas estas cosas
Recuerdo y Porvenir porque mi amigo André Salmon se casa

Regocijémonos no porque nuestra amistad ha sido el río que nos fertilizó
Terrenos ribereños cuya abundancia es el alimento que todos esperan
Ni porque nuestras copas nos echan una vez más la mirada de Orfeo moribundo
Ni porque tanto hemos crecido que muchos podrían confundir nuestros ojos y las estrellas
Ni porque las banderas ondean en las ventanas de los ciudadanos que están contentos
desde hace cien años de tener la vida y cosas menudas para defender
Ni porque fundados en la poesía tengamos derechos sobre las palabras que forman y deshacen el Universo
Ni porque podemos llorar sin temor al ridículo y sabemos reír
Ni porque fumamos y bebemos como antaño
Regocijémonos porque el director del fuego y de los poetas
El amor que como la luz llena
Todo el espacio sólido entre las estrellas y los planetas
El amor quiere que hoy mi amigo André Salmon se case.



Libellés : Guillaume Apollinaire







Blaise Cendrars - La Prose du Transsibérien-

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Blaise Cendrars - 

La Prose du Transsibérien-

(fragmento)



















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PROSA DEL TRANSIBERIANO LEÍDO EN FRANCÉS

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PROSA DEL TRANSIBERIANO

LEÍDO EN FRANCÉS








PARTE 1ª

Cargado por borddeleau


PARE 2ª

Cargado por borddeleau










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miércoles, 25 de febrero de 2009

Modigliani

Modigliani (1884-1920)







Modigliani






Amedeo Modigliani était un peintre et un sculpteur italien. En 1902, il s'inscrit à l'école libre du nu, Scuola libera di Nudo à Florence et l'année suivante à l'Institut des Arts de Venise oú il fréquente les bas-fonds. En 1906, il déménage à Paris alors le centre de l'avant-garde dans Le Bateau-Lavoir, un phalanstère pour prolétaires de Montmartre. D'abord influencé par Toulouse-Lautrec, il s'inspire de Paul Cézanne, le cubisme et la période bleue de Picasso. Il ne retouche jamais ses tableaux mais ceux qui ont posés pour lui ont dit que c'était comme avoir son âme mise à nu. En 1909, il fait un court séjour à Livourne, malade et usé par son mode de vie. Il revient à Paris et fait le portrait des habitués de Montparnasse, comme Soutine qui avait un " gosier en pente ", Diego Rivera, Juan Gris, Max Jacob, Blaise Cendrars et Jean Cocteau. Connu comme " ModÏ " par ses amis, Amedeo est magnétique pour la gent féminine. Il a beaucoup d'aventures jusqu'à ce que Béatrice Hastings entre dans sa vie. Elle reste avec lui pendant presque deux ans, étant le modèle pour plusieurs portraits comme " Madame Pompadour ". L'été suivant, le sculpteur russe Chana Orloffa lui présente Jeanne Hébuterne, une belle étudiante de 18 ans qui avait posé pour Foujita. Leurs relations très orageuses deviennent bientôt encore plus célèbres que le comportement de Modigliani ivre. Le 3 décembre 1917 a lieu son premier vernissage, mais l'exposition est fermée quelques heures plus tard pour indécence. Jeanne Hébuterne accouche fin 1918 d'une fille prénommée Jeanne. Sa santé se détériore rapidement. N'ayant pas entendu parler de lui depuis plusieurs jours, des voisins le trouvent délirant dans son lit tenant la main de Jeanne. Le docteur ne peut que constater son état desespéré. Il meurt d'une méningite tuberculeuse le 24 janvier 1920.





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lunes, 23 de febrero de 2009

PROSA DE TRANSIBERIANO Y DE LA PEQUEÑA JUANA DE FRANCIA

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BLAISE CENDRARS

 








PROSA DEL TRANSIBERIANO
Y DE LA PEQUEÑA
JUANA DE FRANCIA






Dedicada a los músicos









En aquel tiempo yo era un adolescente
Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi infancia
Estaba a 16.000 leguas del lugar de mi nacimiento
Me hallaba en Moscú,
en la ciudad de los mil tres campanarios y las siete estaciones
Y no me bastaban las siete estaciones y las mil tres torres
Porque mi adolescencia era tan ardiente y loca
Que mi corazón, alternativamente,
ardía como el templo de Efeso o como la Plaza Roja de Moscú
Cuando se pone el sol.
Y mis ojos iluminaban antiguos senderos.
Y yo era tan mal poeta
Que no sabía llegar hasta el fondo de las cosas.Marc Chagall, Boda en
El Kremlin era como una inmensa torta tártara
Crujiente de oro.
Con las grandes almendras de las catedrales
inmensamente blancas
y el oro empalagoso de las campanas...
Un viejo monje me leía la leyenda de Novgorode
Yo tenía sed
Y descifraba caracteres cuneiformes
Luego, de pronto, las palomas del Espíritu Santo volaron sobre la plaza
y también mis manos alzaban el vuelo, con susurros de albatros
y esto era las últimas reminiscencias del último día
Del postrer viaje
y del mar.


No obstante, yo era un poeta muy malo.
No sabía llegar al fondo de las cosas.
Tenía hambre
Ya todos los días ya todas las mujeres en los cafés ya todas las copas


Habría querido beberlas y romperlas
Ya todas las vitrinas ya todas las calles
Ya todas las casas ya todas las vidas
Ya todas las ruedas de los coches que giraban
como torbellinos sobre los malos empedrados


Habría querido hundirlas en un gran horno de espadas
y habría querido moler todos los huesos
Y arrancar todas las lenguas
y licuar todos esos grandes cuerpos extraños
y desnudos bajo la ropa que me vuelve loco..
Presentía la llegada del gran Cristo rojo de la revolución rusa…


Y el sol era una inmensa herida que se abría como un brasero.
En aquel tiempo yo era un adolescente
Apenas tenía dieciséis años y ya no recordaba mi nacimiento
Estaba en Moscú, donde quería alimentarme de llamas
y no me bastaban las torres y las estaciones que cubrían mi ojos de estrella
En Siberia rugía el cañón, había guerra
A Hambre frío peste cólera
y las aguas fangosas del Amor arrastraban millones de carroñas


En todas las estaciones veía partir todos los últimos trenes
Ya nadie podía salir porque no se vendían más boletos
Y los soldados que se iban hubieran preferido quedarse...
Un viejo monje me cantaba la leyenda de Novgorode.
Yo, el mal poeta que no quería ir a ninguna parte, podía ir a todos lados
Y también los comerciantes todavía tenían dinero suficiente
Para ir a intentar hacer fortuna.
Su tren salía todos los viernes de mañana.
Se decía que había muchos muertos.
Uno llevaba cien cajas de despertadores y cucús de la Selva Negra


Otros cajas de sombreros, cilindros y un surtido de tirabuzones de Sheffield
Otros ataúdes de Malmoe llenos de latas de conservas y sardinas en aceite


También había muchas mujeres
Mujeres entrepiernas en alquiler que también podían usarse
Ataúdes
Todas pagaban impuestos


Se decía que había muchos muertos allí
Ellas viajaban con tarifa reducida
Y todas tenían una cuenta corriente en el banco.


Pues bien, un viernes de mañana me llegó la hora por fin
Estábamos en diciembre
y también yo partí para acompañar al viajante joyero que iba a Jarbín


Teníamos dos asientos en el expreso y 34 cofres de joyería de Pforzheim


Pacotilla alemana «Made in Germany»
Me había vestido de punta en blanco, y al subir al tren se me perdió un botón
- Lo recuerdo, lo recuerdo, a menudo pensé en ello desde entonces-


Yo dormía sobre los cofres y me sentía muy contento
de poder jugar con la browning Niquelada que también me había dado


Me sentía muy feliz despreocupado
Creía jugar a los bandoleros
Habíamos robado el tesoro de Golconda
Y, gracias al transiberiano, íbamos a ocultarlo del otro lado del mundo


Yo tenía que defenderlo contra los ladrones del Ural
que habían atacado a los saltimbanquis de Julio Veme
Contra los Junguzes, los boxers de la China
Y los rabiosos pequeños mongoles del Gran Lama
Alibabá y los cuarenta ladrones
Y los fieles del terrible Viejo de la montaña
Ysobre todo, contra los más modernos
Los rateros de hotel
Y los especialistas de los expresos internacionales


Y sin embargo, y sin embargo
Estaba triste como un niño
Los ritmos del tren
La «médula ferrocarrilera» de los psiquiatras americanos
El ruido de las puertas de las voces de los ejes rechinando sobre los rieles congelados
Ell ferlín de oro de mi futuro
Mi browning el piano y los juramentos de los jugadores
de cartas en el compartimento de al Iado
La deslumbrante presencia de Juana
El hombre de anteojos azules que se paseaba nerviosamente
por el corredor y me miraba al pasar


Murmullos de mujeres
Y el silbido del vapor
Y el eterno ruido de las ruedas locas en los carriles celestes
Los vidrios están escarchados
¡La naturaleza no existe!
Y detrás, las llanuras siberianas el cielo bajo y las grandes sombras de los
Taciturnos que suben y bajan
Estoy acostado sobre una manta de viaje
Colorinche
Como mi vida
Y mi vida no me abriga más que esa manta
Escocesa
Y toda Europa entrevista por el parabrisas de un expreso a toda máquina


No es más rica que mi vida
Mi pobre vida
Esta manta
Deshilachada sobre cofres llenos de oro
Con los que viajo
Sueño
Fumo
y la única llama del universo
Es un pobre pensamiento...



Desde el fondo de mi corazón me brotan lágrimas
Si pienso, Amor, en mi querida;
Ella no es más que una niña, a quien encontré así
Pálida, inmaculada, en el fondo de un burdel.
No es más que una niña, rubia, risueña y triste,
No sonríe y nunca llora;
Pero en el fondo de sus ojos, cuando te deja beber en ellos,
Tiembla un dulce lis de plata, la flor del poeta.
Es dulce y muda, sin ningún reproche,
Con un largo estremecimiento cuando tú te aproximas;
Pero cuando yo voy hacia ella, por aquí, por allá, festivo,
Ella da un paso, luego cierra los ojos, y da un paso.
Porque es mi amor, y las otras mujeres
Sólo tienen vestidos de oro sobre grandes cuerpos llameantes,
Mi pobre amiga está tan desamparada,
Está toda desnuda, no tiene cuerpo, es demasiado pobre.
No es más que una flor cándida, endeble,
La flor del poeta, un pobre lis de plata,
Muy frío, muy solo, y ya tan mustio
Que me brotan las lágrimas si pienso en su corazón.
Y esta noche es similar a otras cien mil cuando un tren rasga la noche

- Caen los cometas-
Y el hombre y la mujer, aún jóvenes, se divierten haciendo el amor.


El cielo es como la carpa desgarrada de un circo pobre
en un pueblito de pescadores
En Flandres
El sol es un quinqué humoso
Y en lo más alto de un trapecio una mujer representa la luna.
El clarinete la corneta una agria flauta y un mal tambor


Y aquí está mi cuna
Mi cuna
Siempre estaba cerca del piano cuando mi madre como
Madame Bovary tocaba las sonatas de Beethoven
Yo pasé mi infancia en los jardines suspendidos de Babilonia
y la rabona, en las estaciones frente a los trenes a punto de salir


Ahora hago correr todos los trenes detrás de mí
Bale-Tombuctú
También jugué a las carreras en Auteuil y Longchamp París-Nueva York
Ahora hago correr todos los trenes a todo lo largo de mi vida Madrid-Estocolmo
Y perdí todas mis apuestas
Sólo queda la Patagonia, la Patagonia, que convenga a mi inmensa tristeza,
la Patagonia, y un viaje por los mares del Sur
Estoy en camino
Siempre estuve en camino
Estoy en el camino con la pequeña Juana de Francia
El tren pega un peligroso salto y vuelve a caer sobre todas sus ruedas


El tren vuelve a caer sobre sus ruedas
El tren siempre vuelve a caer sobre todas sus ruedas
«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»
Estamos lejos, Juana, viajas desde hace siete días
Estás lejos de Montmartre, de la Butte que te alimentó del
Sagrado Corazón contra el cual te acurrucaste
París desapareció y su enorme fogata
No quedan más que las cenizas constantes
La lluvia que cae
La turba que se hincha
La Siberia que gira
Los pesados manteles de nieve que ascienden
Y el cascabel de la locura que tintinea como un último deseo en el aire azulado
El tren palpita en el corazón de los horizontes plomizos
Y tu pena ríe burlona...



«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»


Las preocupaciones
Olvida las preocupaciones
Todas las estaciones agrietadas oblicuas sobre la ruta
Los hilos telegráficos de los que cuelgan
Los postes grotescos que gesticulan y los estrangulan
El mundo se estira se alarga


y se retira como un acordeón
atormentado por una mano sádica
En las resquebraduras del cielo, las furiosas locomotoras
Huyen
y en los agujeros,
las vertiginosas ruedas las bocas las voces
y los perros de la desdicha que ladran a nuestras espaldas
Los demonios están desencadenados
Chatarras
Todo es un acorde falso
El «brun-run-run» de las ruedas
Choques
Rebotes
Somos una tormenta bajo el cráneo de un sordo...


«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»


Pero sí, me pones nervioso, bien lo sabes, estamos muy lejos
La locura recalentada ruge en la locomotora
La peste el cólera se alzan como brasas ardientes en nuestro camino
Desaparecemos en la guerra totalmente en un túnel
El hambre Puto se aferra a las nubes en desbandada
y estiércol de las batallas en montones apestosos de muertos
Haz como él, haz tu oficio...


«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»


Sí, estamos muy lejos, estamos muy lejos
Todos los chivos emisarios reventaron en este desierto
Oye los cencerros de ese rebaño sarnoso Tomsk
Tcheliabinsk Kainsk Obi Taichet Verkné Udinsk Kurgán Samara Pensa-Tulún


La muerte en Manchuria
Es nuestro desembarcadero y nuestra última guarida
Este viaje es terrible
Ayer por la mañana
Iván Ulitch tenía los cabellos blancos
y Kolia Nicolai Ivanovitch se roe los dedos desde hace quince días...
Haz como ellos la Muerte el Hambre haz tu oficio
Cuesta cinco francos, en transiberiano, cuesta cien rublos
Afiebra los bancos y enrojece bajo la mesa
El diablo está en el piano
Sus nudosos dedos excitan a todas las mujeres
La Naturaleza
Las Busconas
Haz tu oficio
Hasta Jarbín...


«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»


Pero... vete al diablo... déjame tranquilo
Tienes caderas angulares
Tu vientre es agrio y tienes blenorragia
Eso es todo lo que París puso en tu regazo
También un poco de alma... porque eres desdichada
Tengo piedad tengo piedad ven hacia mí sobre mi corazón
Las ruedas son los molinos de viento de Jauja
Y los molinos de viento son las muletas que hace girar un mendigo


Somos los lisiados del espacio
Rodamos sobre nuestras cuatro heridas
Nos cortan las alas
Las alas de nuestros siete pecados
y todos los trenes son los baleros del diablo
Corral
El mundo moderno
La velocidad no tiene la culpa
El mundo moderno
Las lejanías están demasiado lejos
y al final del viaje es terrible ser un hombre con una mujer...


«Dime, Blaise, ¿estamos muy lejos de Montmartre?»


Tengo piedad tengo piedad ven a mí te contaré una historia
Ven a mi cama
Ven a mi corazón
Te contaré una historia...


¡Oh ven! ¡ven!


En Fidji reina la primavera eterna
La pereza
El amor extasía a las parejas en la hierba alta
y la sífilis ronda bajo los bananeros


¡Ven a la islas perdidas del Pacífico!
Se llaman Fénix, Marquesas
Borneo y Java
y Célibes con forma de gato.


No podemos ir al Japón
¡Ven a Méjico!
En sus altiplanicies florecen los tulipaneros
Las lianas tentaculares son la cabellera del sol
Se hablaría de la paleta y los pinceles de un pintor
Colores fragorosos como gongs,
Allí estuvo Rousseau
Allí deslumbró su vida

Es el país de los pájaros
El pájaro del paraíso, el ave lira
El tucán, el sinsonte
Yel colibrí anida en el corazón de los lirios negros
¡Ven!
Nos amaremos en las majestuosas ruinas de un templo azteca
Tú serás mi ídolo
Un ídolo abigarrado infantil un poco feo y extrañamente raro
¡Oh ven!


Si quieres iremos en aeroplano y volaremos sobre el país de los mil lagos,


Allí las noches son desmesuradamente largas
el antepasado prehistórico tendrá miedo de mi motor
aterrizaré
Y construiré un hangar para mi avión con los huesos fósiles de mamut


El fuego primitivo recalentará nuestro pobre amor
Samovar
Y nos amaremos muy burguesamente cerca del polo
¡Oh ven!


Juana Juanita Ninita nita tetita ninón
Mi chiquita mi cosita mi tesoro mi Perú
Arroró gurrumina
Pompón mi bombón
Mi preferida corazoncito
Nenita
Querida gatita
Mi lindo pecadito
Chuchita
Cucú
Se durmió


Se durmió
Y no se engulló ni una sola de todas las horas del mundo
Todos los rostros vislumbrados en las estaciones
Todos los relojes
La hora de París la hora de Berlín la hora de San Petesburgo
y la hora de todas las estaciones
Y en Ufa, el rostro ensangrentado del artillero
Y la esfera tontamente luminosa de Grodno
Y el eterno avance del tren
Todas las mañanas se ponen en hora los relojes
El tren adelanta el sol atrasa
No le hace, oigo las sonoras campanas
La enorme campana de Notre-Dame
La campaneta agridulce del Louvre que convocó la San Bartolomé


Los carillones enmohecidos de Brujas la Muerta
Las campanillas eléctricas de la biblioteca de Nueva York
Las campanas de Venecia
Y las de Moscú, el reloj de la Puerta Roja
que me contaba las horas cuando estaba en una oficina
Y mis recuerdos
El tren retumba en las placas giratorias
El tren rueda
Un gramófono gutural iza una marcha gitana
y el mundo, como el reloj del barrio judío de Praga, gira locamente al revés


Deshoja la rosa de los vientos
Ya zumban las tormentas desencadenadas
Los trenes ruedan en torbellino sobre las redes enmarañadas Baleros diabólicos
Hay trenes que nunca se encuentran
Otros se pierden en el camino


Los jefes de estación juegan al ajedrez
Chaquete
Billar
Carambolas
Parábolas
la vía férrea es una nueva geometría
Siracusa
Arquímedes
y los soldados que lo degollaron
y las galeras
y las naves
y los prodigiosos artefactos que inventó
y todas las matanzas
La historia antigua
La historia moderna
Los torbellinos
Los naufragios
Hasta el del Titanic que leí en el diario
Otras tantas imágenes-asociaciones que no puedo desarrollar en mis versos


Porque todavía soy un poeta muy malo
Porque el universo me desborda
Porque no me preocupé por asegurarme contra los accidentes de tren


Porque no sé ir hasta el fondo de las cosas
y tengo miedo.
Tengo miedo
No sé ir hasta el fondo de las cosas
Como mi amigo Chagall podría hacer una serie de cuadros dementes


Pero no tomé notas de viaje
«Perdónenme la ignorancia
Perdónenme no conocer ya el antiguo juego de los versos»
Como dice Guillaume Apollinaire
Todo lo que se refiere a la guerra puede leerse en las Memorias de Kuropatkin


O en los diarios japoneses que están tan cruelmente ilustrados
Para qué documentarme
Me abandono
A los sobresaltos de mi memoria...


A partir de lrkutsk el viaje se hizo demasiado lento
Demasiado largo
Nosotros estábamos en el primer tren que rodeaba el lago Baikal


Habían adornado la locomotora con banderas y farolitos
Y dejamos la estación con los tristes acentos del himno al Zar
Si yo fuera pintor vertería mucho rojo, mucho amarillo en el final de este viaje


Pues en verdad creo que todos estábamos un poco locos
Y que un inmenso delirio ensangrentaba
las nerviosas caras de mis compañeros de viaje
Cuando nos acercábamos a Mongolia
Que retumbaba como un incendio.
El tren había disminuido su marcha
Y en el perpetuo rechinamiento de las ruedas percibía
Los acentos locos y los sollozos
De una liturgia eterna.


He visto
He visto los trenes silenciosos los trenes negros que volvían
del Lejano Oriente y que pasaban como fantasmas
y mi ojo, como el fanal de popa, aún corre tras esos trenes
En Talga agonizaban 100.000 heridos por falta de cuidados
Visité los hospitales de Krasnoiarsk
y en Jilok nos cruzamos con un largo convoy de soldados locos



En los lazaretos vi llagas abiertas heridas que sangraban a rabiar
los miembros amputados danzaban en derredor
o alzaban el vuelo en el aire ronco
El incendio se hallaba en todas las caras en todos los corazones
Dedos idiotas tamborileaban sobre todos los vidrios
y bajo la presión del miedo todas las miradas
reventaban como abscesos
En todas las estaciones quemaban todos los vagones
y he visto
He visto trenes de 60 locomotoras que huían a todo vapor
perseguidas por los horizontes en celo y bandas de cuervos
que alzaban el vuelo desesperadamente tras ellos
Desaparecer
En dirección de Port-Arthur.
En Tchita tuvimos algunos días de respiro
Detención de cinco días debido a la obstrucción de la vía
Los pasamos en casa del Señor Yankelevitch
que quería darme a su hija única en matrimonio
Luego volvió a partir el tren.
Ahora me había instalado yo en el piano y me dolían los dientes


Cuando quiero vuelvo a ver ese interior tan tranquilo el
negocio del padre y los ojos de la hija que de noche venía a mi cama


Mussorgsky
Y los lieder de Hugo Wolf
Y las arenas del Gobi
Y en Jailar una caravana de sombreros blancos
Realmente creo que estaba ebrio durante más de 500 kilómetros
Pero estaba en el piano yeso es todo lo que vi


Cuando se viaja habría que cerrar los ojos
Dormir
Hubiera deseado tanto dormir
Reconozco todos los países con los ojos cerrados por su olor
y reconozco todos los trenes por el ruido que hacen
Los trenes de Europa son de cuatro tiempos mientras que los
de Asia son de cinco o siete tiempos
Otros van en sordina son canciones de cuna
Hay algunos que por el ruido monótono de las ruedas
me recuerdan la pesada prosa de Maeterlinck
He descifrado todos los textos confusos de las ruedas y
reunido los elementos dispersos de una violenta belleza
Que poseo
y que me acosa.
Tsitsikar y Jarbín
No voy más lejos
Es la última estación
Me apeé en Jarbín cuando acababan de prender fuego a las
oficinas de la Cruz Roja


Oh París
Gran hogar cálido con los tizones entrecruzados de tus calles
y tus viejas casas que se inclinan sobre ellas
y se recalientan Como abuelas
y aquí hay anuncios, rojo verde multicolores como mi pasado en suma amarillo


Amarillo el arrogante color de las novelas de Francia en el extranjero


Me gusta frotarme con los ómnibus en marcha en las grandes ciudades
Los de la línea Saint-Germain
-Montmartre me llevan al asalto de la Butte
Los motores mugen como los toros de oro
Las vacas del crepúsculo pastan en el Sagrado Corazón
Oh París
Estación central andén de las voluntades encrucijada de las inquietudes
Unicamente los droguistas aún tienen un poco de luz sobre su puerta


La Compañía Internacional de Wagons-Lits y de los
Grandes Expresos Europeos me envió su prospecto
Es la iglesia más hermosa del mundo
Tengo amigos que me rodean como pretiles
Cuando parto tienen miedo de que no vuelva más
Todas las mujeres que conocí se alzan en los horizontes
Con los gestos lastimosos y las miradas tristes de los semáforos bajo la lluvia


Bella, Inés, Catalina y la madre de mi hijo en Italia
y aquélla, la madre de mi amor en América
Hay gritos de sirena que me parten el alma
Allá lejos en Manchuria un vientre se estremece todavía como en un parto


Querría
Querría no haber hecho nunca mis viajes
Esta noche me atormenta un gran amor
Ya pesar mío pienso en la pequeña Juana de Francia.
Fue en una noche de tristeza cuando escribí este poema en honor


Juana
La pequeña prostituta
Estoy triste estoy triste
Iré al «Conejo ágil» a recordar mi juventud perdida
y a tomar unas copitas
Luego volveré solo
París
Ciudad de la Torre única del gran Patíbulo y de la Rueda.




BLAISE CENDRARS, París 1913














PROSE DU
TRANSIBÉRIEN
ET DE LA PETITE JUANA DE FRANCE







Dedicada a los músicos




En ce temps-là, j'étais en mon adolescence
J'avais à peine seize ans et je ne me souvenais déjà plus de mon enfance
J'étais à 16.000 lieues du lieu de ma naissance
J'étais à Moscou dans la ville des mille et trois clochers et des sept gares
Et je n'avais pas assez des sept gares et des mille et trois tours
Car mon adolescence était si ardente et si folle
Que mon coeur tour à tour brûlait comme le temple d'Ephèse ou comme la Place Rouge de Moscou quand le soleil se couche.
Et mes yeux éclairaient des voies anciennes.
Et j'étais déjà si mauvais poète
Que je ne savais pas aller jusqu'au bout.
Le Kremlin était comme un immense gâteau tartare croustillé d'or,
Avec les grandes amandes des cathédrales, toutes blanches
Et l'or mielleux des cloches...
Un vieux moine me lisait la légende de Novgorode
J'avais soif
Et je déchiffrais des caractères cunéiformes
Puis, tout à coup, les pigeons du Saint-Esprit s'envolaient sur la place
Et mes mains s'envolaient aussi avec des bruissements d'albatros
Et ceci, c'était les dernières réminiscences
Du dernier jour
Du tout dernier voyage
Et de la mer.


Pourtant, j'étais fort mauvais poète.
Je ne savais pas aller jusqu'au bout.
J'avais faim
Et tous les jours et toutes les femmes dans les cafés et tous les verres


J'aurais voulu les boire et les casser
Et toutes les vitrines et toutes les rues
Et toutes les maisons et toutes les vies
Et toutes les roues des fiacres qui tournaient en tourbillon sur les mauvais pavés


J'aurais voulu les plonger dans une fournaise de glaive
Et j'aurais voulu broyer tous les os
Et arracher toutes les langues
Et liquéfier tous ces grands corps étranges et nus sous les vêtements qui m'affolent...
Je pressentais la venue du grand Christ rouge de la révolution russe...


Et le soleil était une mauvaise plaie
Qui s'ouvrait comme un brasier
En ce temps-là j'étais en mon adolescence
J'avais à peine seize ans et je ne me souvenais déjà plus de ma naissance
J'étais à Moscou où je voulais me nourrir de flammes
Et je n'avais pas assez des tours et des gares que constellaient mes yeux
En Sibérie tonnait le canon, c'était la guerre
La faim le froid la peste et le choléra
Et les eaux limoneuses de l'Amour charriaient des millions de charognes


Dans toutes les gares je voyais partir tous les dernier trains
Personne ne pouvait plus partir car on ne délivrait plus de billets
Et les soldats qui s'en allaient auraient bien voulu rester...
Un vieux moine me chantait la légende de Novgorod
Moi, le mauvais poète, qui ne voulais aller nulle part, je pouvais aller partout
Et aussi les marchands avaient encore assez d'argent pour tenter aller faire fortune.
Leur train partait tous les vendredis matins.
On disait qu'il y avait beaucoup de morts.
L'un emportait cent caisses de réveils et de coucous de la forêt noire


Un autre, des boites à chapeaux, des cylindres et un assortiment de tire-bouchons de Sheffield
Un des autres, des cercueils de Malmoë remplis de boites de conserve et de sardines à l'huile


Puis il y avait beaucoup de femmes
Des femmes, des entrejambes à louer qui pouvaient aussi servir
Des cercueils
Elles étaient toutes patentées


On disait qu'il y a avait beaucoup de morts là-bas
Elles voyageaient à prix réduit
Et avaient toutes un compte courant à la banque.


Or, un vendredi matin, ce fut enfin mon tour
On était en décembre
Et je partis moi aussi pour accompagner le voyageur en bijouterie qui se rendait à Kharbine
Nous avions deux coupés dans l'express et 34 coffres de joailleries de Pforzheim


De la camelote allemande "Made in Germany"
Il m'avait habillé de neuf et en montant dans le train j'avais perdu un bouton

- Je m'en souviens, je m'en souviens, j'y ai souvent pensé depuis -

Je couchais sur les coffres et j'étais tout heureux
de pouvoir jouer avec le browning nickelé qu'il m'avait aussi donné


J'étais très heureux, insouciant
Je croyais jouer au brigand
Nous avions volé le trésor de Golconde
Et nous allions, grâce au Transsibérien, le cacher de l'autre côté du monde


Je devais le défendre contre les voleurs de l'Oural
qui avaient attaqué les saltimbanques de Jules Verne
Contre les khoungouzes, les boxers de la Chine
Et les enragés petits mongols du Grand-Lama
Alibaba et les quarante voleurs
Et les fidèles du terrible Vieux de la montagne
Et surtout contre les plus modernes
Les rats d'hôtels
Et les spécialistes des express internationaux.


Et pourtant, et pourtant
J'étais triste comme un enfant
Les rythmes du train
La "moëlle chemin-de-fer" des psychiatres américains
Le bruit des portes des voix des essieux grinçant sur les rails congelés
Le ferlin d'or de mon avenir
Mon browning le piano et les jurons des joueurs de cartes dans le compartiment d'à côté

L'épatante présence de Jeanne
L'homme aux lunettes bleues qui se promenait nerveusement dans le couloir
et me regardait en passant


Froissis de femmes
Et le sifflement de la vapeur
Et le bruit éternel des roues en folie dans les ornières du ciel
Les vitres sont givrées
Pas de nature!
Et derrière, les plaines sibériennes le ciel bas et les grands ombres
des taciturnes qui montent et qui descendent
Je suis couché dans un plaid
Bariolé
Comme ma vie
Et ma vie ne me tient pas plus chaud que ce châle écossais
Et l'europe toute entière aperçue au coupe-vent d'un express à toute vapeur


N'est pas plus riche que ma vie
Ma pauvre vie
Ce châle
Effiloché sur des coffres remplis d'or
Avec lesquels je roule
Que je rêve
Que je fume
Et la seule flamme de l'univers
Est une pauvre pensée...


Du fond de mon coeur des larmes me viennent
Si je pense, Amour, à ma maîtresse;
Elle n'est qu'une enfant que je trouvai ainsi
Pâle, immaculée au fond d'un bordel.
Ce n'est qu'une enfant, blonde rieuse et triste.
Elle ne sourit pas et ne pleure jamais;
Mais au fond de ses yeux, quand elle vous y laisse boire
Tremble un doux Lys d'argent, la fleur du poète.
Elle est douce et muette, sans aucun reproche,
avec un long tressaillement à votre approche;
Mais quand moi je lui viens, de ci, de là, de fête,
Elle fait un pas, puis ferme les yeux- et fait un pas.
Car elle est mon amour et les autres femmes
N'ont que des robes d'or sur de grands corps de flammes,
Ma pauvre amie est si esseulée,
Elle est toute nue, n'a pas de corps -elle est trop pauvre.
Elle n'est qu'une fleur candide, fluette,
La fleur du poète, un pauvre lys d'argent,
Tout froid, tout seul, et déjà si fâné‚
Que les larmes me viennent si je pense à son coeur.
Et cette nuit est pareille à cent mille autres quand un train file dans la nuit

-Les comètes tombent-
Et que l'homme et la femme, même jeunes, s'amusent à faire l'amour.


Le ciel est comme la tente déchirée d'un cirque pauvre dans un petit village de pêcheurs
En Flandres
Le soleil est un fumeux quinquet
Et tout au haut d'un trapèze une femme fait la lune.
La clarinette le piston une flûte aigre et un mauvais tambour


Et voici mon berceau
Mon berceau
Il était toujours près du piano quand ma mère comme
madame Bovary jouait les sonates de Beethoven
J'ai passé mon enfance dans les jardins suspendus de Babylone
Et l'école buissonière dans les gares, devant les trains en partance


Maintenant, j'ai fait courir tous les trains derrière moi
Bâle-Tombouctou
J'ai aussi joué aux courses à Auteuil et à Longchamp Paris New-York
Maintenant j'ai fait courir tous les trains tout le long de ma vie Madrid-Stokholm
Et j'ai perdu tous mes paris
Il n'y a plus que la Patagonie, la Patagonie qui convienne à mon immense tristesse,
la Patagonie, et un voyage dans les mers du Sud
Je suis en route
J'ai toujours été en route
Le train fait un saut périlleux et retombe sur toutes ses roues


Le train retombe sur ses roues
Le train retombe toujours sur toutes ses roues
"Blaise, dis, sommes-nous bien loin de Montmartre?"
Nous sommes loin, Jeanne, tu roules depuis sept jours
Tu es loin de Montmartre, de la Butte qui t'a nourrie,
du Sacré Coeur contre lequel tu t'es blottie
Paris a disparu et son énorme flambée
Il n'y a plus que les cendres continues
La pluie qui tombe
La tourbe qui se gonfle
La Sibérie qui tourne
Les lourdes nappes de neige qui remontent
Et le grelot de la folie qui grelotte comme un dernier désir dans l'air bleui
Le train palpite au coeur des horizons plombés
Et ton chagrin ricane...


"Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"


Les inquiétudes
Oublie les inquiétudes
Toutes les gares lézardés obliques sur la route
Les files télégraphiques auxquelles elles pendent
Les poteaux grimaçant qui gesticulent et les étranglent
Le monde s'étire s'allonge et se retire comme un accordéon
qu'une main sadique tourmente
Dans les déchirures du ciel les locomotives en folie s'enfuient
et dans les trous
les roues vertigineuses les bouches les voies
Et les chiens du malheur qui aboient à nos trousses
Les démons sont déchaînés
Ferrailles
Tout est un faux accord
Le broun-roun-roun des roues
Chocs
Rebondissements
Nous sommes un orage sous le crâne d'un sourd


"¿Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"


Mais oui, tu m'énerves, tu le sais bien, nous sommes bien loin
La folie surchauffée beugle dans la locomotive
Le peste le choléra se lèvent comme des braises ardentes sur notre route
Nous disparaissons dans la guerre en plein dans un tunel
La faim, la putain, se cramponnent aux nuages en débandade
et fiente des batailles en tas puants de morts
Fais comme elle, fais ton métier...


"Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"


Oui, nous le sommes, nous le sommes
Tous les boucs émissaires ont crevé dans ce désert
Entends les sonnailles de ce troupeau galeux Tomsk
Tcheliabinsk Kainsk Obi Taïchet Verkné Oudinsk Kourgane Samara Pensa-Touloune


La mort en Mandchourie
Est notre débarcadère est notre dernier repaire
Ce voyage est terrible
Hier matin
Ivan Oullitch avait les cheveux blancs
Et Kolia Nicolaï Ivanovovich se ronge les doigts depuis quinze jours...
Fais comme elles la Mort la Famine fais ton métier
Ca coûte cent sous, en transsibérien ça coûte cent roubles
En fièvre les banquettes et rougeoie sous la table
Le diable est au piano
Ses doigts noueux excitent toutes les femmes
La Nature
Les Gouges
Fais ton métier
Jusqu'à Kharbine...


"Dis, Blaise, sommes-nous bien loin de Montmartre?"


Non mais... fiche-moi la paix... laisse-moi tranquille
Tu as les anches angulaires
Ton ventre est aigre et tu as la chaude-pisse
C'est tout ce que Paris a mis dans ton giron
C'est aussi un peu d'âme... car tu es malheureuse
J'ai pitié j'ai pitié viens vers moi sur mon coeur
Les roues sont les moulins à vent d'un pays de Cocagne
Et les moulins à vent sont les béquilles qu'un mendiant fait tournoyer


Nous sommes les culs-de-jatte de l'espace
Noous roulons sur nos quatre plaies
On nous a rogné les ailes
Les ailes de nos sept péchés
Et tous les trains sont les bilboquets du diable
Basse-cour
Le monde moderne
La vitesse n'y peut mais
Le monde moderne
Les lointains sont par trop loin
Et au bout du voyage c'est terrible d'être un homme avec une femme...


"Blaise, dis, sommes nous bien loin de Montmartre"


J'ai pitié, j'ai pitié, viens vers moi je vais te conter une histoire
Viens dans mon lit
Viens sur mon coeur
Je vais te conter une histoire...


¡Oh viens! viens!


Au Fidji règne l'éternel printemps
La paresse
L'amour pâme les couples dans l'herbe haute
et la chaude syphilis rôde sous les bananiers
Viens dans les îles perdues du Pacifique!
Elles ont nom du Phénix, des Marquises
Bornéo et Java
Et Célèbes à la forme d'un chat


Nous ne pouvons pas aller au Japon
Viens au Mexique
Sur les hauts plateaux les tulipiers fleurissent
Les lianes tentaculaires sont la chevelure du soleil
On dirait la palette et le pinceau d'un peintre
Des couleurs étourdissantes comme des gongs,
Rousseau y a été
Il y a ébloui sa vie
C'est la pays des oiseaux
L'oiseau du paradis, l'oiseau-lyre
Le toucan, l'oiseau moqueur
Et le colibri niche au coeur des lys noirs
¡Viens!
Nous nous aimerons dans les ruines majestueuses d'un temple aztèque
Tu seras mon idole
Une idole bariolée enfantine un peu laide et bizarrement étrange
¡Oh viens!


Si tu veux, nous irons en aéroplane et nous survolerons le pays des mille lacs,


Les nuits y sont démesurément longues
L'ancêtre préhistorique aura peur de mon moteur
J'atterrirai
Et je construirai un hangar pour mon avion avec les os fossiles de mammouth


Le feu primitif réchauffera notre pauvre amour
Samowar
Et nous nous aimerons bien bourgeoisement prés du pôle
¡Oh viens!


Jeanne Jeannette Ninette Nini ninon nichon
Mimi mamour ma poupoule mon Pérou
Dado dondon
Carotte ma crotte
Chouchou p'tit coeur
Cocotte
Chérie p'tite chèvre
Mon p'tit péché mignon
Concon
Coucou
Elle dort


Elle dort
Et de toutes les heures du monde elle n'en pas gobé une seule
Tous les visages entrevus dans les gares
Toutes les horloges
L'heure de Paris l'heure de Berlin l'heure de Saint-Pétersbourg
et l'heure de toutes les gares
Et à Oufa le visage ensanglanté du canonnier
Et le cadrant bêtement lumineux de Grodno
Et l'avance perpétuelle du train
Tous les matins on met les montres à l'heure
Le train avance et le soleil retarde
Rien n'y fait, j'entends les cloches sonores
Le gros bourdon de Notre-Dame
La cloche aigrelette du Louvre qui sonna la Saint-Bathelémy


Les carillons rouillés de Bruges-La-Morte
Les sonneries éléctriques de la bibliothèque de New-York
Les campagnes de Venise
Et les cloches de Moscou, l'horloge de la Porte-Rouge
qui me comptait les heures quand j'étais dans un bureau
Et mes souvenirs
Le train tonne sur les plaques tournantes
Le train roule
Un gramphone grasseye une marche tzigane
Et le monde comme l'horloge du quartier juif de Prague
tourne éperdument à rebours


Effeuille la rose des vents
Voici que bruissent les orages déchaînés
Les trains roulent en tourbillon sur les réseaux enchevêtrés Bilboquets diaboliques
Il y a des trains qui ne se rencontrent jamais
D'autres se perdent en route


Les chefs-de gare jouent aux échecs
Tric-Trac Billard Caramboles Paraboles
La voie ferrée est une nouvelle géométrie
Syracuse Archimède
Et les soldats qui l'égorgèrent
Et les galères Et les vaisseaux
Et les engins prodigieux qu'il inventa
Et toutes les tueries
L'histoire antique L'histoire moderne
Les tourbillons Les naufrages
Même celui du Titanic que j'ai lu dans un journal
Autant d'images-associations que je ne peux pas développer dans mes vers


Car je suis encore fort mauvais poète
Car l'univers me déborde
Car j'ai négligé de m'assurer contre les accidents de chemins de fer


Car je ne sais pas aller jusqu'au bout
Et j'ai peur
J'ai peur
Je ne sais pas aller jusqu'au bout
Comme mon ami Chagall je pourrais faire une série de tableaux déments


Mais je n'ai pas pris de notes en voyage
Pardonnez-moi mon ignorance
Pardonnez-moi de ne plus connaître l'ancien jeu des vers comme dit Guillaume Apollinaire
Tout ce qui concerne la guerre on peut le lire dans les mémoires de Kouropatkine


Ou dans les journaux japonais qui sont aussi cruellement illustrés
A quoi bon me documenter
Je m'abandonne aux sursauts de ma mémoire...


A partir d'Irkoutsk le voyage devint beaucoup trop lent
beaucoup trop long
Nous étions dans le premier train qui contournait le lac Baïkal


On avait orné la locomotive de drapeaux et de lampions
Et nous avions quitté la gare aux accents tristes de l'hymne au Tzar


Si j'étais peintre, je déverserais beaucoup de rouge, beaucoup de jaune sur la fin de ce voyage


Car je crois bien que nous étions tous un peu fou
Et qu'un délire immense ensanglantait
les faces énervées de mes compagnons de voyage
Comme nous approchions de la Mongolie
Qui ronflait comme un incendie
Le train avait ralenti son allure
Et je percevais dans le grincement perpétuel des roues
Les accents fous et les sanglots
d'une éternelle liturgie


J'ai vu
J'ai vu les train silencieux les trains noirs qui revenaient
de l'Extrême-Orient et qui passaient en fantôme
Et mon oeil, comme le fanal d'arrière, court encore derrière ses trains
A Talga 100 000 blessés agonisaient faute de soins
J'ai visité les hôpitaux de Krasnoïarsk
Et à Khilok nous avons croisé un long convoi de soldats fous


J'ai vu dans les lazarets les plaies béantes les blessures qui saignaient à pleines orgues
Et les membres amputés dansaient autour ou s'envolaient dans l'air rauque
L'incedie était sur toutes les faces dans tous les coeurs
Des doigts idiots tambourinaient sur toutes les vitres
Et sous la pression de la peur les regards crevaient comme des abcés
Dans toutes les gares on brûlait tous les wagons
Et j'ai vu
J'ai vu des trains de soixante locomotives qui s'enfuyaient à toute vapeur
pourchassés par les horizons en rut et des bandes de corbeaux
qui s'envolaient désespérément après
Disparaître
Dans la direction de Port-Arthur
A Tchita nous eûmes quelques jours de répit
Arrêt de cinq jours vu l'encombrement de la voie
Nous les passâmes chez monsieur Jankelevitch
qui voulait me donner sa fille unique en mariage
Puis le train reparti
Maintenant c'était moi qui avait pris place au piano et j'avais mal aux dents


Je revois quand je veux cet intérieur si calme le
magasin du père et les yeux de la fille qui venait le soir dans mon lit


Moussorgsky
Et les lieder de Hugo Wolf
Et les sables du Gobi
Et à Khaïlar une caravane de chameaux blancs
Je crois bien que j'étais ivre durant plus de cinq-cent kilomètres
Mais j'étais au piano et c'est tout ce que je vis


Quand on voyage on devrait fermer les yeux
Dormir j'aurais tant voulu dormir
Je reconnais tous les pays les yeux fermés à leur odeur
Et je reconnais tous les trains au bruit qu'ils font
Les trains d'Europe sont à quatre temps tandis que
ceux d'Asie sont à cinq ou sept temps
D'autres vont en sourdine sont des berceuses Et
il y en a qui dans le bruit monotone des roues
me rappellent la prose lourde de Maeterlink
J'ai déchiffré tous les textes confus des roues et
j'ai rassemblé les éléments épars d'une violente beauté
Que je possède
Et qui me force
Tsitsika et Kharbine
Je ne vais pas plus loin
C'est la dernière station
Je débarquai à Kharbine comme on venait de mettre le feu aux
bureaux de la Croix-Rouge.


O Paris
Grand foyer chaleureux avec les tisons entrecroisés de tes rues
et les vieilles maisons qui se penchent au-dessus
et se réchauffent comme des aïeules
Et voici, des affiches, du rouge du vert multicolores comme mon passé bref du jaune
Jaune la fière couleur des romans de France à l'étranger.


J'aime me frotter dans les grandes villes aux autobus en marche
Ceux de la ligne Saint-Germain
-Montmartre m'emportent à l'assaut de la Butte.
Les moteurs beuglent comme les taureaux d'or
Les vaches du crépuscules broutent le Sacré-Coeur
Oh Paris
Gare centrale débarcadère des volontés, carrefour des inquiétudes
Seuls les marchands de journaux ont encore un peu de lumière sur leur porte


La Compagnie Internationale des Wagons-Lits et des
Grands Express Européens m'a envoyé son prospectus
C'est la plus belle église du monde
J'ai des amis qui m'entourent comme des garde-fous
Ils ont peur quand je m'en vais que je ne revienne plus
Toutes les femmes que j'ai rencontrées se dressent aux horizons
Avec les gestes piteux et les regards tristes des sémaphores sous la pluie


Bella, Agnès, Catherine et la mère de mon fils en Italie
Et celle, la mère de mon amour en Amérique
Il y a des cris de Sirène qui me déchirent l'âme
Là-bas en Mandchourie un ventre tressaille encore comme dans un accouchement


Je voudrais
Je voudrais n'avoir jamais fait mes voyages
Ce soir un grand amour me tourmente
Et malgré moi je pense à la petite Jehanne de France.
C'est par un soir de tristesse que j'ai écrit ce poème en son honneur


Jeanne
La petite prostituée
Je suis triste je suis triste
J'irai au Lapin Agile me ressouvenir de ma jeunesse perdue
Et boire des petits verres
Puis je rentrerai seul
Paris
Ville de la Tour Unique du grand Gibet et de la Roue.



BLAISE CENDRARS, París, 1913














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